Las Familias en la Iglesia
Capítulo 17
Mal. 4.4-6 predice el plan de Dios para Israel (y luego para la iglesia). Muestra lo que Dios esperaba de las familias israelitas – corazones que se reconcilian los unos con los otros. Este reconciliar del corazón en asuntos familiares establece un paralelo con el cambio de corazón del Nuevo Pacto escrito en Jer. 31, donde Dios dice que pondrá Su ley en nuestros corazones. Cuatrocientos años después, el ángel que se le apareció a Zacarías anunciándole el nacimiento de Juan el Bautista citó Mal. 4 para explicar el propósito y ministerio de Juan. En Lc. 1.13-17, el ángel describe a Juan como aquel “que hará que muchos israelitas se vuelvan al Señor su Dios” y como aquel que venía “para reconciliar a los padres con los hijos y guiar a los desobedientes a la sabiduría de los justos. De este modo preparará un pueblo bien dispuesto para recibir al Señor.” El estilo y arreglo del ángel de estas dos descripciones las volvió corolarios. Arregló todo de tal manera alrededor del v. 17a para que los hechos acerca del ministerio de Juan fueran obvios. Como predecesor, predicó el mensaje de volverse al Señor, lo cual traería como resultado restaurar los corazones de los padres a los corazones de sus hijos.
Una de las obras buenas que acompañaría a la salvación sería un cambio en las actitudes y acciones en la familia. El padre practicaría un liderazgo de familia acompañado del temor de Dios, la madre sería el soporte sumiso que su esposo necesita para esforzarse en obedecer al Señor. Los hijos obedecerían a su padre y a su madre. La familia se amaría, serían amables entre ellos y los mejores amigos. En resumen, la familia sería el modelo de Dios como cabeza y del cristianismo en la tierra.
Y los hijos no quedan fuera de esta ecuación. No es simplemente “hacer lo mejor y esperar que ellos resulten buenos.” Veamos nuevamente Lc. 1.17. El ángel solo citó parte de Mal. 4.6. El sustituyó “los corazones de los hijos hacia los padres” por “la actitud del desobediente con la del justo.” Es así que el ángel nos dice lo que significa “los corazones de los hijos reconciliados con los de los padres.” El retorno del corazón de los hijos (tal como es expresado en Malaquías) significa que obedecerán a sus padres (tal como es expresado en Lucas). Cuando la salvación llega de forma genuina a los padres, los hijos se vuelven de desobedientes en justos. Sin embargo, este cambio no se da sino por medio del gran esfuerzo que hagan los padres. Ellos lucharán por que haya temor de Dios en sus hijos. Parte de ese “reconciliar” es volviéndose de la manera en que el mundo educa a sus hijos. Los padres que se esfuerzan por que haya temor de Dios en sus hijos, serán recompensados con los corazones de sus hijos vueltos hacia ellos en obediencia.
Liderazgo en la iglesia
Todo esto tiene un gran impacto en el liderazgo de la iglesia. Tanto el anciano como el diácono “deben gobernar bien su casa y hacer que sus hijos les obedezcan con el debido respeto” (1 Ti. 3.4, 5, 12) y tener hijos que “sean creyentes, libres de sospecha de libertinaje o de desobediencia” (Tit. 1.6). Tanto el matrimonio como los hijos son un requisito para ser un anciano. Pero ese requisito no es necesario para los apóstoles que viajan – ya que ni Pablo ni Timoteo estaban casados, y tampoco eran llamados ancianos. Por otro lado, el apóstol Pedro estaba casado y se llama a sí mismo un anciano en 1 Pe. 5.1-3.
Los ancianos deben tener hijos cuyos corazones se hayan vuelto a sus padres. El anciano que está demasiado ocupado en sus propios asuntos o en asuntos de la iglesia (por más “bueno” que sea) falla al entender que la prioridad absoluta es criar a sus hijos de una forma que agrade a Dios. Hay indicadores que determinan que él mismo no se ha vuelto al Señor si su propio corazón no se ha vuelto al de sus hijos (Lc. 1.13-17). ¿Quién más lo ve las veinticuatro horas al día en su mejor y peor momento? Si no es capaz de vivir su cristianismo delante de sus hijos, entonces ¿quién es para transmitirlo a otros?
Evangelismo
Talvez puedes estar pensando que con el énfasis otorgado a los hijos, éstos merecen ser el objeto de los esfuerzos evangelísticos de la iglesia. Pero, ¿quiénes fueron el objeto del evangelismo de los apóstoles? El libro de Hechos nos muestra que los apóstoles evangelizaron a las cabezas de los hogares, y no a los hijos. Tanto Cornelio, Lidia, así como el carcelero de Filipo llegaron a Cristo gracias a los esfuerzos de los apóstoles. Asombrosamente, toda su casa se convirtió junto con ellos. ¿Esto es únicamente un fenómeno cultural de aquel siglo? No lo creo. Si apuntamos nuestro evangelismo a los padres (o a las madres solteras) alcanzaremos, de acuerdo con el ejemplo del NT, a los hijos. El hombre cuyo corazón se rinde verdaderamente al Señor, se volverá a sus hijos, y lo más probable es que ellos también vengan a Cristo.
Disciplina en la iglesia
Los asuntos de familia se relacionan de forma directa con la disciplina en la iglesia. El hombre que sigue a Dios, disciplinará a sus hijos (Ef. 6.4). Pedirá que sus hijos le rindan cuentas por sus acciones y los entrenará para que le obedezcan a él y a su esposa (vea Pr. 1.8; 2.1; 3.1; 4.1; 5.1; etc.).
Las iglesias modernas no disciplinan a los miembros desobedientes porque nos hemos olvidado de las razones y de los métodos bíblicos para disciplinar a nuestros propios hijos. Así como hemos levantado generaciones de hijos sin la disciplina bíblica, también hemos levantado las mismas generaciones que esperan que nadie les pida cuentas por sus acciones, sobre todo en una iglesia cuyos únicos requisitos son su dinero y algunas horas de su tiempo a la semana. Los niños que han sido criados esperando que aquellos a quienes tienen como autoridad les provean la disciplina necesaria, no se irán de la iglesia que busca disciplinarlos para su bien. De hecho, los hijos que han sido educados en la disciplina y en la instrucción del Señor, no necesitarán de mucha disciplina siendo adultos. Si disciplinamos a nuestros hijos para que respondan a la autoridad designada por Dios y no rechacen la disciplina de sus padres (Pr. 3.11, 12; y He. 12.5-6) y, como consecuencia, la disciplina de la iglesia, nos asombraremos de la transformación de nuestras iglesias (y de nuestra sociedad) en una generación.
Reuniones de Iglesia
Soy un convencido que los niños de todas las edades deberían estar con sus padres en las reuniones de iglesias en casas. Si valoramos Ef. 6.4, el padre es quien tiene que entrenar a sus hijos, y no otro adulto maestro. El padre que le enseña a sus hijos las cosas del Señor seis veces a la semana, no necesitará que alguien más lo haga los domingos. Un padre que disciplina a sus hijos los tendrá bajo control y ese control permitirá que los niños estén con sus padres en las reuniones de iglesias en casas. Recuerde que no estamos entrenando a nuestros hijos para que continúen siendo niños, sino para que sean adultos. Ellos necesitan ver como se reúnen los adultos como iglesia y también necesitan aprender a participar. En nuestra iglesia, las familias se sientan juntas. Cuando es necesario, los padres corrigen a sus hijos en nuestras reuniones o los sacan a un lado para disciplinarlos, ¡lo cual es frecuente algunos domingos! Pero eso es parte de madurar como iglesia y como familias. Es algo que hemos enseñado y esperamos de nuestros padres y de sus hijos. Los niños pueden hacer mucho más de lo que a veces les pedimos. Si necesitan tomar una siesta, se duermen en la falda de mamá o papá, o en la silla o en una de nuestras camas. Usualmente los niños juegan con juguetes silenciosos, leen o colorean (algunas veces en papel, y algunas otras ¡en el piso!). Tal como sucede en una familia.
La forma de Dios para comunicar la verdad a la siguiente generación no ha variado. El quiere que la verdad sea enseñada y aprendida por los niños en un ambiente de familia. Ni la iglesia ni la sociedad tiene esta responsabilidad de manera directa; sino los padres y las madres. Tan pronto como aprendemos esta lección en el cuerpo de Cristo, podemos hacer a un lado las formas de enseñanza y entrenamiento de niños que hay en el mundo y podemos tener en la iglesia generaciones de hombres y mujeres temerosos de Dios, que pueden trastornar al mundo una vez más.
Ministerio cristiano
El concepto que tenía Pablo del ministerio se derivaba en parte de la vida familiar. Al ilustrar su propio ministerio apostólico a los tesalonicenses en 1 Te. 2.5-12 pintó a una familia de Dios. Usó como ejemplos a la madre que amamanta, y luego al padre. Siendo un apóstol, Pablo hubiera podido pagar su trabajo entre ellos al predicar el evangelio y al discipularlos. Sin embargo, trabajó duro entre ellos de día y de noche para que no lo vieran como un avaro. Una madre que amamanta a sus hijos de día y de noche proveyó el ejemplo perfecto del servicio de Pablo. Sus lazos emocionales para con sus hijos la impulsaban en su ministerio de amor y devoción. Ella alimenta a sus hijos en contraste con el rol principal del hombre. Las mujeres deben ser las que nutren en el hogar y el énfasis que le ponen a las relaciones fue lo que le dio ímpetu al ministerio de Pablo. Su tierno cuidado y su disposición de sacrificar su tiempo y energía por el bien de ellos imitaba a la madre temerosa de Dios que cuida de sus hijos.
Por otro lado, Pablo también señaló al padre temeroso de Dios que estaba muy preocupado con la justicia de sus hijos y aparentemente, con su reputación. De manera convincente escribió que el padre que dirige el desarrollo moral de los hijos prueba ser el ejemplo perfecto para los apóstoles, que exhortan, animan e imploran a los nuevos cristianos en Tesalónica a que caminen de una manera digna de Dios. Esto nos lleva nuevamente a la responsabilidad del padre para con sus hijos; enseñarles justicia y entrenarlos para que se mantengan en ese nivel. Sin embargo, el padre que ama a sus hijos y quiere la bendición de Dios sobre ellos no impone el legalismo en su hogar. Eso genera rebelión. Los cristianos no ganan estar en la presencia de Dios, ni tampoco se mantienen en la misma, por las cosas que hacen. Esto significa que nosotros los padres debemos impulsar el caminar obediente de nuestros hijos para con Dios, a través de la relación que tenemos con ellos, tan fuerte como podamos. Pablo le sacó provecho a su observación de hombres temerosos de Dios que se preocupaban por la conducta de sus hijos.
El padre pasivo educará hijos que serán pasivos y propensos a ser dominados por las mujeres. Sus hijas tendrán la tendencia de dominar en todas las áreas de la familia, de la iglesia y de la sociedad. La madre que no expresa sus emociones producirá hijos que no se podrán relacionar con las personas. Todo esto puede ser prevenido por medio de padres y madres que se involucran en el bienestar de sus hijos y les enseñan los roles apropiados para el hombre y para la mujer en la familia, en la iglesia y en la sociedad. Me parece que Pablo tomó las características sobresalientes de la madre y del padre y las aplicó a su ministerio: los lazos emocionales como causa del sacrificio de la madre y el deseo de hijos dignos de llevar el apellido familiar como causa de un mayor involucramiento del padre. Nosotros debemos hacer lo mismo.
Conclusión
Una iglesia es una familia y Pablo la denomina “casa de Dios,” a la salvación le dice “adopción de hijos,” nos describe como “herederos,” le dice a Timoteo que “trate al anciano como a un padre,” llama a los cristianos “hermano” y “hermana,” y para dirigirse a nuestro Padre celestial usa el nombre usado por los niños para padre (abba). Todas estas descripciones apuntan a las relaciones que tenemos con Dios y los unos con los otros.
Una familia es gente relacionándose la una con la otra. Si un lector del NT realiza una búsqueda de las relaciones, se verá abrumado por las relaciones en la iglesia, buenas y malas. La iglesia buena nutre y edifica aquellas relaciones y no las sustituye por una lista interminable de actividades. Las personas anhelan relaciones saludables más que ninguna otra cosa. Sin embargo, los miembros de las iglesias en casas deben estar preparados para acercarse, y acercarse bastante. Piensa en esto como en puercoespines que se juntan para calentarse en el invierno. Mientras más cerca se encuentran, más se sienten las púas. Cuando se separan, se enfrían. ¡Es mejor sentir las púas!
El modelo de iglesia en casa refleja mejor a una familia porque se reúne donde vive la gente. La familia anfitriona de una reunión de iglesia y los miembros que asisten, se juntan formando una unidad. La atmósfera es real, y no sub-real. La conversación no compite con el preludio del teclado, ni las relaciones compiten con la ropa y los carros, ni la verdad compite con la hipocresía.
La iglesia que se reúne en una casa también contribuye de mejor manera a la espiritualidad de la familia y capacita mejor al padre como cabeza de familia para animarlo a buscar su bienestar. Una iglesia en casa permite que en el tiempo libre se enseñe a una familia lo que significa ser un cristiano en el reino de Cristo y de Dios. De hecho, no solo permite; sino que da la responsabilidad al padre ya que no hay nadie más designado para hacerlo. Uno no puede delegar este trabajo a un profesor de escuela dominical, ni a un líder de estudio bíblico, ni a un líder de jóvenes o a un ministro – porque ninguno de ellos existe en una iglesia en casa. La enseñanza semanal no sustituye la enseñanza paterna, sino que la complementa.
— Tim Melvin
Revisado 03/06/03
Traducido por Patricia Montenegro
Tim enseña un excelente seminario de fin de semana acerca del entrenamiento bíblico de los hijos. Yo lo recomiendo altamente. Contáctalo para que vaya a tu iglesia y lo presente — Editor
