La Autoridad del Pastor   

Capítulo 5

La Autoridad del Pastor 

En estos días parece ser que la autoridad es un problema para los cristianos. Las personas escriben libro tras libro y sermón tras sermón acerca de quien tiene autoridad sobre quien y por que. Los profesores deben enseñar con autoridad, los esposos reclaman autoridad sobre sus esposas, los “pastores” necesitan autoridad sobre sus “ovejas.” No podemos hablar de la iglesia sin concentrarnos en el gobierno de la misma. Parece que somos incapaces de pensar en el matrimonio sin preguntar quien tiene la autoridad en el mismo. Y ni siquiera podemos escuchar la Biblia a menos que primero hayamos oído la última palabra acerca de su autoridad. Al parecer es un problema.

 

Talvez el problema sea mayor en Estados Unidos porque usualmente no pensamos en nosotros mismos como sujetos a autoridad alguna. Pensamos en nosotros mismos como “libres”, capaces de hacer lo que queramos aún cuando nuestras vidas están compuestas por personas y estructuras que demandan nuestra obediencia. El oficial de policía en la esquina y la Superintendencia Tributaria tienen autoridad. La autoridad no es simplemente la habilidad de obligar a otra persona. Eso se llama “poder” y éste es compartido tanto por policías como por ladrones. Sin embargo, solamente el policía tiene “autoridad” – la legítima habilidad moral para obligar a otro. De hecho, esa es la noción usual que tenemos de la autoridad – la habilidad legítima de obligar a otro, respaldado (de ser necesario) por la fuerza. Pero esta noción usual no funciona cuando hablamos dentro del contexto cristiano, porque Jesús y Sus discípulos tenían una visión muy diferente de lo que es autoridad.

 

La inquietante enseñanza de Jesús con respecto a la autoridad entre Sus seguidores contrasta con la experiencia de éstos en otros grupos sociales. Pero El les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados “bienhechores.” Ellos ejercitan su poder y tratan (con más o menos éxito) de hacer pensar a las personas que es por su propio bien. Pero no debe ser así en la iglesia. Por el contrario, allí el mayor sea entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve (Lucas 22:24-27). Para no perder el impacto que esto tiene, debes dejar de reflejar que el menor y el que sirve son precisamente aquellos sin autoridad en nuestro uso normal de la palabra. Sin embargo, así debe ser el liderazgo entre el pueblo de Jesús.

 

Desafortunadamente, casi siempre obviamos la fuerza de esta inquietante enseñanza transformándola en una retórica piadosa. Nos llamamos “siervos” pero actuamos como los reyes de las naciones ejerciendo autoridad. Pero aún los reyes de las naciones tratan de hacer que su autoridad sea aceptable legitimizándola con una retórica piadosa; es por eso que se llaman a sí mismos “bienhechores.” Entonces ¿en qué forma somos diferentes? Si queremos vivir como seguidores de Jesús, debemos considerar seriamente su revelación de que los líderes son como niños y esclavos, sin autoridad.

 

El aspecto más obvio de lo que el NT tiene que decir con respecto al liderazgo y a la autoridad, es su falta de interés en el tema. Por ejemplo, en todas las principales epístolas de Pablo, sólo en Fil. 1:1 se hace una mención pasajera de los líderes. Por lo general, él los ignora, así también los demás escritores. Los primeros seguidores de Jesús permanecieron en silencio con respecto al liderazgo y a la autoridad. Este silencio es bastante significativo.

 

El NT usa dos palabras que corresponden a diferentes aspectos de lo que queremos señalar con “autoridad.” El primero, dunamis, es usual (y correctamente) traducido como “poder.” Esta palabra es la menos importante porque aunque el “poder” puede estar asociado a algunos tipos de autoridad, también puede existir sin autoridad. Alguien que maneja un arma tiene poder sobre los demás, pero eso no necesariamente le da autoridad.

 

Pero aún así valdría la pena ver quien tiene dunamis (poder) en el NT. Si buscas en una concordancia encontrarás que las siguientes personas poseen poder. Dios, Jesús, el Espíritu, así como los ángeles, los demonios y los “principados y potestades.” Extrañamente, los seres humanos no tienen poder en sí mismos sino que son energizados por estos otros poderes. El ministerio del evangelio, los milagros de los apóstoles, y las vidas de los creyentes están condicionados al “poder de Dios.” Sorprendentemente, el NT rara vez, si acaso, reconoce a los seres humanos con “poder” en sí mismos, el poder correcto siempre llega a las personas de algún otro lugar.

 

Las cosas se vuelven aún más interesantes cuando vemos la otra palabra griega relevante: exousia. Esta palabra es usualmente traducida como “poder” o “autoridad” y es la más cercana al equivalente de nuestra palabra “autoridad” en español. La lista en el NT de aquellos que tienen exousia es básicamente la misma de aquellos que tienen dunamis. Dios, Jesús, el Espíritu Santo, los ángeles y los demonios. Sin embargo, ahora la lista se extiende a los seres humanos quienes no simplemente son energizados por la autoridad celestial sino que tienen autoridad en sí mismos.

 

Tenemos así que los reyes tienen autoridad para reinar (Rom. 13:1-2) y los discípulos de Jesús tienen autoridad sobre las enfermedades y los espíritus (ej. Mt. 10:1). Los creyentes tienen autoridad sobre las diversas facetas de sus vidas – sus posesiones (Hch. 5:4), y sobre comer, beber y casarse (1 Cor. 11:10). Sin embargo lo que es sorprendente, es que el NT no dice nada con respecto a un creyente que tenga autoridad sobre otro. Tenemos autoridad plena sobre las cosas, y aún sobre los espíritus, pero nunca sobre otros cristianos. Esto debe sorprendernos considerando todo el brío que le ponemos a discusiones acerca de quien tiene autoridad en la iglesia. Los reyes tienen autoridad sobre sus súbditos; Pablo tenía autoridad de parte del Sumo Sacerdote para perseguir a los cristianos (Hch. 9:14; 26:10-12). Pero en la iglesia no se habla de ningún creyente que tenga exousia sobre otro, sin importar su posición o prestigio. El Nuevo Testamento no dice nada con respecto a un creyente ejerciendo autoridad sobre otro. Tenemos autoridad plena sobre las cosas, aún sobre los espíritus, pero nunca sobre otros cristianos. Con excepción de los siguientes pasajes en 2 Cor. 10:8 y 13:10 donde Pablo nos habla acerca de tener “autoridad” para edificar, no para destruir. Al parecer por lo menos él tenía exousia sobre otros creyentes. Aunque uno tiene que sobre-interpretar los textos a fin de hacerlos una verdadera excepción ya que en ambos casos no se habla de una autoridad “sobre” alguien sino que en su lugar, es una autoridad “por” un propósito.

 

Pero aún dando por sentado que ésta sobre-interpretación es necesaria, la excepción difícilmente lo es cuando se toman en cuenta dos cosas. Primero, en esta parte de su carta Pablo está hablando “como loco,” como él mismo lo admite. El evita reclamar autoridad sobre los demás cuando habla “sobriamente,” y resulta improbable que se hubiera sentido complacido con nosotros usando su “loco” discurso como la única base para reclamar que los líderes de iglesia tienen autoridad espiritual sobre otros creyentes.

 

Segundo, el contexto de la carta está caracterizado por la persuasión. El significado profundo de esto se aclarará a su debido tiempo. Pablo derrama mucha tinta tratando de persuadir a los corintios para que lo escuchen. Si él “tenía autoridad” sobre ellos, según el concepto que tenemos de ésta, ¿entonces por qué se preocupaba? ¿Por qué simplemente no dar las órdenes y punto? Como veremos, la respuesta radica en la naturaleza peculiar de las relaciones que él ve entre los líderes y otros creyentes.

 

Pero antes de pasar a ese punto debemos notar que tal parece que Pablo carecía de la autoridad que conocemos en nuestro uso diario de la palabra (poder moralmente legítimo) aún aquí donde supuestamente él lo está afirmando. Esto debe prevenirnos grandemente para no basar la autoridad de los líderes en las dos oraciones de 2 Corintios.

 

Ahora miremos las cosas del otro lado. En vez de preguntar quién tiene autoridad en el NT, debemos hacer la pregunta opuesta, “¿A quién debe uno obedecer?” La respuesta también es interesante aquí. Si examinas el uso de hupakouo, que es el equivalente griego de “obedecer,” encontrarás que debemos obedecer a Dios, al evangelio (Rom. 10:16), y a la enseñanza de los apóstoles (Fil. 2:12; 2 Tes. 3:14). Los niños deben obedecer a sus padres y los siervos a sus amos (Ef. 6:1, 5). Pero, ¿tienen los creyentes que obedecer a los líderes de la iglesia? Si es así, los escritores neo-testamentarios diligentemente evitan decirlo.

 

Y ¿qué de Hebreos 13:17 que dice “obedezcan a sus dirigentes?” (NVI) Este texto es interesante porque puede darnos una idea acerca del lado positivo del entendimiento con respecto al liderazgo en el NT. Hasta ahora he hecho énfasis en el negativo – que ellos no tienen autoridad en nuestro sentido usual y que no se les pide a los creyentes que los obedezcan. Pero a pesar de todo esto, el NT insiste en que haya líderes en un cuerpo local que sean reconocidos como tal, y su existencia y ministerio son importantes para la salud del cuerpo.

 

¿Cuál es el lado positivo de este entendimiento del liderazgo? En Hebreos 13:17 hay una pista. Si en este texto examinas el verbo traducido “obedecer,” encontrarás que es una forma de la palabra peitho que significa “persuadir.” En la forma que es usada aquí significa algo así como “déjate persuadir por” o “ten confianza en.” Eso nos ayuda. Los creyentes deben dejarse persuadir por sus líderes.

 

A los líderes en la iglesia se les ha concedido un cierto respeto el cual le otorga a sus palabras un mayor peso que el que tendrían por sí mismos. Y el resto de la iglesia debe ser “parcial” a favor de escuchar lo que ellos digan. Debemos permitirnos ser persuadidos por nuestros líderes, no obedeciéndolos sin pensar sino argumentando con ellos y estando abiertos a lo que están diciendo. (Dicho sea de paso, ahora debe quedar claro por qué era tan significativo que las declaraciones de Pablo en 2 Corintios estuvieran en un contexto de persuasión. El estaba tratando de persuadirlos a que se dejaran persuadir por él.)

 

El otro verbo usado en Hebreos 13:17 refuerza esta conclusión. Cuando el texto va dirigido a exhortar a las personas a que se “sometan” a los líderes no usa la palabra en griego para “someter.” La palabra regular es hupotassomai, que connota algo así como colocarse en una organización bajo el mando de otra persona. Así tenemos que algunas veces se nos pide someternos a las autoridades (Rom. 13:1; Tito 3:1), a los roles sociales en los cuales nos encontramos (Col. 3:18; 1 Pe. 2:18), y a las “instituciones humanas” de nuestra sociedad (1 Pe. 2:13).

 

Sin embargo, la palabra usada aquí es diferente. Es hupeiko, y solamente se da en el NT. No connota una estructura a la cual uno se somete, sino una batalla después de la cual uno se rinde. La imagen es la de una seria discusión, un intercambio después del cual una de las partes se entrega. Esto encaja perfectamente con la noción de que debemos dejarnos persuadir por los líderes en la iglesia, en lugar de simplemente someternos a ellos como lo podríamos hacer ante los poderes existentes y las estructuras de la vida.

 

Todo esto tiene sentido en el criterio que tienen los ancianos o supervisores en las epístolas pastorales. En estos escritos, el carácter, y no el carisma o las habilidades administrativas, es lo más importante con respecto a los líderes. Ellos deber ser “respetables.” Si se supone que deben ser persuasivos, entonces tiene sentido que deban ser grandemente “respetables” porque este es el tipo de persona cuyas palabras nos inclinamos a considerar muy seriamente. El tipo de respetabilidad perfilada allí añade credibilidad a las palabras de los líderes, y por lo tanto nos da la confianza de abrirnos para ser persuadidos por ellos.

 

Pero hay más. La persuasión de tales líderes depende de la verdad. Probablemente, si los líderes se equivocan en sus juicios pero están seriamente preocupados por servir, no serán felices si alguien los sigue en su error. Un líder que tiene el carisma para persuadir a las personas con respecto a algo que no es verdadero, y lo hace, es virtualmente demoníaco. Ser persuadido del error es la peor forma de esclavitud. Los líderes en la iglesia están atados a la verdad y la sirven por encima de todo en su servicio a los demás.

 

Dicho sea de paso, ésta necesidad de servir a la verdad es la razón por la cual el NT enfatiza en la obediencia al evangelio o a la enseñanza de los apóstoles, en lugar de a los líderes. La confianza generada por el servicio es peligrosa si no está armonizada con una acostumbrada obediencia a la verdad del evangelio. Si el deseo por la verdad no es la base del liderazgo en el cuerpo, la confianza que puede crearse por el servicio es otra, una forma más sutil de poder – el poder que llamamos manipulación.

 

La persuasión presupone el diálogo; y el diálogo requiere la participación activa de todo el cuerpo. Nuestra comprensión común de la autoridad aísla a los líderes y los coloca por encima de aquellos que están bajo su autoridad. Sin embargo, el liderazgo de servicio genuino tiene sus bases naturales en el diálogo que lo acompaña. Los líderes en la iglesia no tienen necesidad ni de la retórica piadosa de los reyes de las naciones ni de la fuerza que descansa detrás de ella. En su lugar, como son persuasivos pueden descansar en el diálogo como el campo y canal de su servicio.

 

Por consiguiente, el liderazgo genuino en la iglesia está basado en el servicio, la verdad y la confianza, no en la autoridad. Los líderes en la iglesia están llamados por la verdad a vivir vidas que sean dignas de ser imitadas, respetables, vidas de servicio. Ese tipo de vida genera la confianza de los demás. Tenemos así que los líderes, así como el resto de los miembros del cuerpo, están siempre en sujeción común a la verdad que es en Cristo.

 

— Hal Miller

Revisado 03/06/03

Traducido por Patricia Montenegro