Una saludable vida de asamblea

(Healthy Assembly Life)

Frecuentemente los creyentes que empiezan la práctica de la ekklesia fuera de las iglesias tradicionales enfrentan un sinnúmero de obstáculos. Obviamente, todo el mundo trae en algún grado, una maleta cargada con su pasado de iglesia. Las personas pueden ver con frecuencia los problemas con los cuales la mayoría de iglesias tratan de hacer cosas, pero no siempre están seguros de cómo evitar tales trampas en el ambiente fresco de las reuniones en casas.

En este capítulo me gustaría establecer algunas perspectivas básicas y fundamentales que sé, por experiencias pasadas, que ayudarán a los santos a empezar con el pie indicado durante un largo camino. Primero, daremos un vistazo al fundamento desde el cual debemos trabajar, luego examinaremos algunos asuntos prácticos con respecto a caminar juntos unos con otros y a resolver los problemas juntos. 

¿Sobre qué edificamos?

Considerando la propensión de que las tradiciones humanas se multipliquen y bloqueen la verdad, es importante que los creyentes estén seguros que su práctica de iglesia está cimentada en el fundamento correcto. Un estudio del Nuevo Testamento revela que hay solo un fundamento para la ekklesia y que es Cristo mismo - Su persona única, Su obra redentora, y Sus palabras de autoridad (1 Co. 3.11, 15.3-4; Mt. 7.28-29; 17.5). En términos de lo que Jesús enseñó, claramente se puede ver lo que El veía como parte central en la comunidad del Nuevo Pacto. Después de haber lavado los pies a Sus discípulos, en la víspera de Su muerte, anunció sin ambigüedad, “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13.34-35). Toda práctica de la vida de iglesia debe fluir del amor unos-a-otros que imita lo que el Señor hizo por nosotros en la cruz (Jn. 15.12-13). 

¿Dónde ocurrió nuestro éxodo?

En este punto, es vital ver el paralelo preciso entre el Antiguo y Nuevo Pacto. Ambos pactos estaban basados en la acción histórica del Señor de separarse un pueblo para Sí mismo. Israel fue separado para Dios por el éxodo de Egipto, la ekklesia fue separada para Dios por el éxodo alcanzado por Cristo en Jerusalén (Lc. 9.31). La demanda moral en Israel fue primeramente introducida por la mención del brazo poderoso de Dios: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Ex. 20.2). La demanda moral sobre el pueblo del Nuevo Pacto está arraigada en la obra de Cristo en el Gólgota, “como yo os he amado.” El patrón es claro - el evento redentivo (el indicativo) es la base para el estilo de vida requerido (los imperativos) del pueblo del pacto. Esto es para decir, el evento que nos salva también nos ordena cómo vivir. Douglas Webster dijo que, “Entender la naturaleza de Cristo coincide con vivir las éticas de Jesús… la ética cristiana depende exclusivamente de la redención cristiana… la cruz de Jesús es plantada directamente en el centro de la existencia del creyente, proveyendo tanto los significados de la salvación como el desafío de un nuevo estilo de vida” (Una pasión por Cristo: Una cristología evangélica [A Passion for Christ: An Evangelical Christology], Zondervan, 1987, pp.52, 149, 153).

Si das una ojeada a los libros de ética cristiana, descubrirás que la mayoría de ellos terminan siendo exposiciones de los 10 mandamientos, como si la plenitud ética solo se pudiera encontrar en Exodo 20. En aquellos volúmenes casi nunca se le otorga atención alguna al “nuevo mandamiento” y sus implicancias. Para citar un ejemplo evidente, en la obra de Patrick Fairbairn, La revelación de la Ley en las Escrituras [The Revelation of Law in Scripture], él dedica un buen espacio para hablar acerca de los 10 mandamientos, pero dice casi nada con respecto al “nuevo mandato” en Juan 13. En la historia de la teología, se le ha dado más atención a las éticas del Antiguo Pacto basadas en el éxodo egipcio, que a las éticas del Nuevo Pacto que fluyen del éxodo que Cristo llevó a cabo en Jerusalén (Lc. 9.31). De hecho esto cuenta en el porqué tradicionalmente “la iglesia,” en ciertas áreas claves, ha sido modelada más por las imágenes del Antiguo Pacto que por la revelación del Nuevo Pacto.

A la luz de Juan 13 es imperativo que edifiquemos sobre el fundamento articulado por Cristo. El Nuevo Pacto fue sellado e inaugurado por el derramamiento de Su sangre. En la víspera de Su muerte, como cordero de Dios sin mancha, El anunció que un nuevo mandamiento estaba conectado inseparablemente a Su Nuevo Éxodo. Una pregunta que debe ser respondida es, “¿qué es lo que hace que este mandamiento sea 'nuevo'?” El mandato a amar era antiguo y fue revelado muchas veces en el Antiguo Testamento. Lo que lo hace “nuevo” es descubierto en las palabras del Señor, “como yo os he amado.” Un nuevo evento redentivo trae consigo un singular mandato de amarse unos a otros, del cual fluyen todos los otros muchos imperativos implantados en el Nuevo Pacto - “si me amáis, guardad mis mandamientos.”

El enfoque específico del nuevo pacto está en unos a otros. Esto muestra que las éticas cristianas se relacionan primordialmente a las éticas del cuerpo. En el centro del Nuevo Testamento hay una preocupación de que la ekklesia viva las implicancias del “nuevo hombre” que Cristo creó en la cruz, haciendo la paz en un sacerdocio donde no hay ni judío ni griego, ni esclavo mi libre, ni hombre o mujer. Tal como Paul Lehmann observa, “Las éticas cristianas son éticas de koinonía,” y la ekklesia es un contexto donde la madurez, y no una simple moralidad, es engendrada (Éticas en un contexto cristiano [Ethics in A Christian Context], Harper, 1963, pp. 47, 54). Por tanto, nuestra eclesiología debe estar arraigada en el Nuevo Pacto, el cual se ha hecho efectivo como un requisito, y nuestras relaciones como hermanos debe estar sumergida en el nuevo mandamiento de amarnos unos a otros como El nos amó en el calvario. 

“Recibíos los unos a los otros / Amonestaros los unos a los otros”

Alrededor de 1980, después de quince años de ser cristiano, empecé a luchar con un problema que con una frecuencia trágica, ocurre en los círculos de creyentes en la Biblia. Vi división de iglesia tras división de iglesia. Vi a hermanos mordiéndose y devorándose unos a otros. Yo pensaba en mi corazón, “¿cómo puede ser que el Nuevo Testamento, que pone tanto énfasis en el amor y la unidad, sea la fuente de tanta división y conflicto?” En algún punto, en medio de mi confusión personal, el Señor me llevó a la perspectiva dual de Pablo en Romanos 15. Por supuesto que no trae una solución inmediata a cada escenario que posiblemente enfrentemos. Sin embargo, creo firmemente que caminaremos un largo trecho evadiendo lo feo, que desafortunadamente ha llegado a caracterizar al nombre cristiano, hasta llegar al grado de poder practicar esta dimensión dual de vida de asamblea.

En el contexto en el cual Pablo había lidiado con esta difícil realidad que la iglesia primitiva tenía que enfrentar - los judíos y los gentiles estaban unidos como un “nuevo hombre,” y se reunían juntos en las mismas casas. Claro que Pablo no optó por hacer lo más fácil, lo cual hubiera sido, para ser exactos, reunir a los creyentes judíos en un lugar, y a los creyentes gentiles en otro. El único trabajo consistente del Evangelio fue que los dos diferentes grupos étnicos radicales se reunieran juntos porque Jesús los unió en la cruz, logrando así la paz (Ef. 2.12-18). Esta era una situación volátil, y Pablo la enfrenta desde el meollo en Romanos 14-15. Es así que, después de lidiar con la forma en que los santos judíos y gentiles debían mostrar amor unos a otros en áreas como la comida, la bebida y los días, llega a la conclusión del asunto en Romanos 15.7 - “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios. Luego descubrimos en el versículo 14, el otro lado de esta exhortación a aceptarse unos a otros - “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros.”

En estos dos versículos se revela una tensión con la que todos debemos luchar: ¿cómo podemos buscar juntos la verdad sin destruir nuestra comunión? y ¿cómo podemos buscar juntos la comunión sin obviar la verdad de Cristo? Las iglesias tienden a ilustrar la figura de un péndulo - ya sea que buscan la verdad en una atmósfera sin amor y cuidado (lo cual resulta en una cacería de brujas), o enfatizan en la aceptación y el amor con un mínimo interés en la voluntad revelada de Cristo (lo cual resulta en puro sentimentalismo). ¿Por qué separamos lo que Dios ha unido? ¿Por qué no podemos cultivar y animar una atmósfera de aceptación en la cual aprendamos a hablarnos la verdad unos a otros en amor? Nuestra tendencia es a rechazar a otros cristianos que no están de acuerdo con nuestro entendimiento de las Escrituras, el cual nosotros consideramos como un asunto crucial. O, hay la tendencia a enfatizar tanto en la aceptación que no hay cuidado por la verdad revelada. Aceptarnos plenamente unos a otros en el lazo del evangelio e instruirnos unos a otros en una atmósfera de aceptación es una tensión que debemos enfrentar y solucionar.

De acuerdo con Pablo, el crecimiento solo puede ocurrir cuando nos hablamos la verdad los unos a los otros en amor (Ef. 4.15; Jn. 17.17). Elliot Johnson observa correctamente, “En un sentido, los evangélicos han vivido en una tregua interpretativa. De la misma manera que nos hemos puesto de acuerdo en 'esencias' doctrinales también nos hemos puesto de acuerdo en no hablar muy seriamente acerca de asuntos de discrepancia. Sin embargo, Pablo trazó la estrategia de Dios para el crecimiento cristiano [en Ef. 4.12-13]. Para poder alcanzar la unidad necesitamos, en algún momento, hablar acerca de nuestras diferentes interpretaciones y evaluar esas diferencias” (“Intención del autor & la interpretación bíblica” [Author's Intention & Biblical Interpretation], Posición dada en el Concilio Internacional de Inerrancia Bíblica en Chicago, 1982, pp. 1-2).

El problema en la mayoría de las agrupaciones de creyentes, es que el mismo razonamiento para la existencia del grupo excluye la posibilidad de que se discutan ciertas “verdades.” La “verdad” ya está definida en términos de algunos límites pre-determinados. Sugiero que este tipo de comportamiento es infantil, y hace del Espíritu Santo y del evangelio una parodia. Cuando enfrentamos nuevos problemas en la Palabra, ¿estamos dispuestos a trabajar juntos, a estudiar juntos, a orar juntos y aún más, a ayunar juntos con el fin de escudriñar la mente del Señor y llegar a un acuerdo mayor? La mayoría de nosotros estamos listos para apartarnos de otros hermanos ante el menor pretexto. Estar dispuestos a resolver asuntos demanda de un compromiso con la verdad y con los hermanos. 

Buscando la verdad juntos en comunión

En 1981, un hermano me envió parte del material de la tesis de doctorado de Vernard Eller (1964). Fue como rocío del cielo. Puso en palabras lo que yo había empezado a ver emerger de Romanos 15.7 y 14. Proveía una red singularmente importante que ayudaría a cualquier grupo a empezar en la dirección correcta. Creo que cuando los grupos se vienen abajo, las causas de la raíz pueden ser rastreadas de regreso a la falla, con el fin de poner en práctica las perspectivas vitales que Eller ha aislado. Lo que sigue, son algunos de sus pensamientos claves que hacen eco en la posición de ventaja dual de Romanos 15:

. Compromiso previo para seguir las Escrituras - En una asamblea debe haber un compromiso previo al acercamiento a las Escrituras, de obedecer y seguir tan literal y completa como sea posible cualquier guía que se descubra en ella.

. Centralidad del amor - Una asamblea, por encima de todo, debe preservar el amor unos por otros, sin el cual cualquier pensamiento religioso pierde su verdad, por muy correcto que fuere técnicamente.

. Instruye en una atmósfera de amor - Una asamblea respetará y mantendrá la hermandad, con todos los sinceros buscadores de la verdad [Rom. 15.7], aunque al mismo tiempo verán como su deber cristiano, el señalar lo que ellos consideran como errores en el pensamiento de los demás [Rom. 15.14].

. Buscar la verdad sin fracturar la comunión - Un dialéctico está aquí en operación: La preservación de la comunión tiene un valor supremo; sin embargo la uniformidad, o la unanimidad en la verdad, también es de gran valor. La presión hacia la unanimidad no debe osar permitir que la comunión se destruya, pero tampoco el gozo de la comunión debe osar permitir que se sofoque la búsqueda del punto de concordancia que señala la verdad… si este equilibrio dialéctico es mantenido pacientemente, el Espíritu puede y traerá unanimidad - y en el proceso realzará la comunión en lugar de destruirla.

. La humildad y apertura son necesarias - Mucho más importante que tener la verdad es estar en la posición de recibir la verdad; es sí que la vida de la iglesia debe estar siempre ilimitada hacia Dios (Buscando Juntos [Searching Together], Spring, 1983, pp.13-14).

Si cada asamblea caminase en el poder del Espíritu, de acuerdo con las formas descritas arriba, veríamos mucho menos rencor y mucha más unidad en amor y verdad. El problema es, claro está, que son personas como tú y yo las que integramos las partes de cada ekklesia. Somos muy capaces de colocarnos a nosotros y a nuestras agendas por encima de los demás. Esta realidad subraya la importancia de que cada parte del cuerpo esté comprometido a fervientemente amarse el uno al otro. Cuando las familias físicas tienen problemas, éstas no huyen la una de la otra. Se espera que haya un compromiso presente que la mantenga unida durante el proceso de resolver problemas. ¿Cuánto más se debería realzar nuestra comunión en el cuerpo espiritual de Cristo, por medio de Su Espíritu, hablando la verdad en amor, dispuestos a perseverar unidos en anticipación al Señor? 
 

“Que habléis todos una misma cosa” (1 Co. 1.10)

No hay familia humana que pueda funcionar indefinidamente sin tener que enfrentar algún conflicto o problema. Así también, en la familia de Cristo van a surgir problemas que deben ser resueltos. De hecho, mucho de lo que fue escrito en el Nuevo Testamento tenía que ver con corregir errores de enseñanza y práctica entre los santos. ¿Qué lineamientos nos da el Nuevo Testamento para funcionar en medio de los momentos turbulentos que toda congregación inevitablemente enfrentará? 1 Corintios 1.10 revela al respecto, cierta enseñanza apostólica crítica.

Primero, se puede notar que Pablo dirige su exhortación a los “hermanos.” Estos eran creyentes que mantenían una constante relación unos con otros en los lazos de Cristo. Ellos estaban comprometidos unos a otros debido al interés común que tenían en el evangelio. Es esta mutua comunión profunda (koinonia) en Cristo, la que provee el telón para el acercamiento con corrección de Pablo hacia ellos. Larry Crabb nota una perspectiva vital que emerge de esta consideración, “El cambio se produce cuando la verdad es presentada en una relación. Quizás una relación de profundo aprecio y considerada preocupación, sea el contexto para el cambio, creando una atmósfera en la cual la verdad de Dios puede ser escuchada sin estar a la defensiva y así penetrar más profundamente… para ser saludable, una iglesia debe presentar la verdad en el contexto de las relaciones alentadoras” (Ánimo: la clave del cuidado [Encouragement: The Key to Caring], Zondervan, 1984, pp.84, 91).

Esta idea refleja lo que vimos en Romanos 15.7. Una atmósfera de bondad, cuidado y aceptación debe ser el contexto en el que se diga la verdad unos a otros (Rom. 15.14). ¿Qué razón tendríamos para pensar que la verdad del evangelio quedará arraigada en un ambiente que refleje lo dicho en esta vieja canción, “Donde rara vez se escuchó una palabra de amor”?

Siguiente, Pablo confronta a los corintios con un problema muy serio. El tenía un sinnúmero de problemas con ellos, pero este es el primero en su lista. Ellos se estaban agrupando alrededor de personalidades llenas de dones, y con ese cismo estaban trayendo abajo la imagen de un Cristo indivisible. “Cada uno de vosotros dice: 'Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo'.”Esta división pecaminosa ya estaba ocurriendo y estaba llevando a los santos a alejarse unos de otros.

Para resolver este problema, Pablo apela a que “estén perfectamente unidos” en lo terrible de esta situación. Si se ponían 'de acuerdo' entonces ya no habría más divisiones. El participio katartismenoi usado en el versículo 10 es significativo. Es del mismo verbo usado en Ef. 4.12, traducido allí como “equipar” o “preparar.” Es el verbo usado cuando los discípulos estaban “remendando” sus redes (Mt. 4.21; Mr. 1.19). Podemos fácilmente traducir el verbo como, “remendar con la visión de presentar algo nuevamente como funcional.” Esta idea vuelve a emerger en Gálatas 6.1, “restauradle.”

Usado en el contexto de 1 Co. 1.10, podemos ver una implicancia importante de estar “perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” Aunque no se nos dan detalles de cómo ellos resolvieron esto, podemos decir como mínimo que los corintios tuvieron que trabajar en este asunto hasta que la brecha fuera “remendada” y finalmente se “pusieran de acuerdo.” Un proceso que resulta en unidad lo es en visión. Ellos ya estaban divididos, y para que la vestidura rasgada fuese reparada tenían que: (1) considerar la instrucción apostólica; (2) volver a estar juntos; (3) confrontar y compartir juntos la palabra del Señor; (4) arrepentirse de sus pecados; y (5) ser nuevamente restaurados a su unidad original.

El hecho totalmente asombroso es que, aún en medio de todos sus problemas, Pablo asume que la asamblea tenía los recursos espirituales para superar su desobediencia. Muchos presumen que las habilidades de Pablo para resolver problemas presuponen que funcionaría únicamente con iglesias maduras. Pero esta es una sugerencia falsa. Corintio era una asamblea muy inmadura en varios aspectos, pero Pablo aún así espera que, por ejemplo, lidien con la inmoralidad en medio de ellos (1 Co. 5) y que resuelvan sus disputas internamente sin tener que ir a un juzgado de incrédulos (1 Co. 6).

Los apóstoles enseñaron que dentro de la comunidad del Nuevo Pacto todos estaban ungidos por el Espíritu Santo que los capacitaba para “probar” y “discernir” lo que era la voluntad de Dios (1 Jn. 2.20, 27; 4.1; 1 Te. 5.21). Por lo tanto la ekklesia es, primero que nada, una comunidad que discierne, capaz de “atar y desatar,” y por tanto, también es una comunidad que toma decisiones. La palabra escogida para señalar al pueblo de Dios del Nuevo Pacto, ekklesia, es tomada del ámbito político secular, y no de un contexto religioso. Ekklesia hace referencia a un grupo de personas con intereses comunes que se reunían juntos para lograr ciertos negocios. Muy similar a las reuniones comunitarias que se realizaron para formar los Estados Unidos en el 1800. John H. Yoder observa que, “la palabra ekklesia por sí sola… no se refiere específicamente a una reunión religiosa, tampoco a una organización en particular: en su lugar significaba la “asamblea,” la asociación de personas en una reunión para deliberar o dar un pronunciamiento público… Debido a que Jesús es confesado como Cristo, la iglesia es el lugar donde la gente recibe el poder para dirigirse unos a los otros en el nombre de Dios… este proceso únicamente se puede dar lugar en la reunión cara-a-cara local, con hermanos y hermanas que se conocen bien los unos a los otros, y Jesús dice que lo que ha sido decidido allí, también se ha decidido en los cielos” (Atando y desatando [Binding & Loosing], Concern #14, Feb. 1967, pp.2ff.; cf. TDNT, IV, p.336).

Como se refleja en las epístolas del Nuevo Testamento, es bastante notable que los líderes de la iglesia no sean nombrados separadamente, como si en ellos residiera una autoridad especial para tomar decisiones. En lugar de ello, Pablo dirige sus escritos a toda la asamblea. Por ejemplo, él no reprocha a los ancianos de Corinto por fallar en no saber como lidiar con la persona inmoral o por no resolver las disputas entre los hermanos. El coloca el nexo de responsabilidad en toda la congregación, para llevar a cabo la voluntad revelada de Cristo.

El acercamiento de Pablo le da en la cara al método tradicional de tomar decisiones, el cual mira “al pastor,” o a un cuerpo de líderes, como la fuente de decisiones. Abraham Kuyper, en su lugar, quitó el “derecho a juzgar” de la congregación y afirmó que “la autoridad administrativa sobre la iglesia no descansa en los miembros, sino apropiadamente en los presbíteros” (Panfleto acerca de la reformación de la iglesia [Pamphlet on The Reformation of the Church], The Standard Bearer, Oct. 1979, p.14). Jay Adams declara que “llevarlo a la iglesia” significa “llevarlo a los ancianos,” quienes luego perdonan o excomulgan (Listo para perdonar [Ready to Forgive], Pres. & Reformed, pp. 3-4). Tal interpretación es arbitraria, obtenida más que nada por presuposiciones que por el texto en sí. Es un hecho que los ancianos serán parte del proceso de “discernimiento” en el cuerpo, pero el Nuevo Testamento no avalará la noción de que los ancianos son el proceso en sí. La verdad es, que hay un muy pequeño enfoque central en los ancianos en el Nuevo Testamento, comparado con por los menos cincuenta y ocho imperativos de “unos a otros” encontrados allí.

Las dos veces que Jesús usa ekklesia para identificar a Su pueblo del Nuevo Pacto, añade a su función el “atar y desatar” (Mt. 16.19; 18.18). Esto claramente indica que necesitamos, de manera significativa, expandir nuestras ideas de lo que involucra hacer “iglesia.” Tradicionalmente, ir a la iglesia significa ir a un edificio, sentarse en una banca, cantar algunas canciones, colocar dinero en los alfolíes, escuchar un sermón, saludar al pastor y regresar a casa para sacar el pollo del horno. Sin embargo, ekklesia significa, fundamentalmente, realizar toda la gama de actividades del reino junto con otros creyentes comprometidos en una congregación local. No estamos acostumbrados a pensar en resolver las disputas dentro del cuerpo, como “iglesia,” pero la esencia de practicar la ekklesia involucra resolver problemas y tomar decisiones en una atmósfera de amor y aceptación donde la verdad de Cristo puede ser dicha en amor.

Por tal razón, conviene darnos cuenta que se espera de las asambleas que, “se pongan de acuerdo los unos a otros” y que, “estén perfectamente unidas en una misma mente y en un mismo parecer.” Esto no significa que debemos tener unanimidad con respecto a cada matiz doctrinal, pero si significa que debemos estar listos a hacer que los asuntos con nuestros hermanos se resuelvan a la luz de la enseñanza apostólica, como se requiere. Pablo no se sorprendía cuando había problemas en las congregaciones, pero si se molestaba cuando fallaban al manejar sus problemas juntos, como un cuerpo. Aquí hay una pregunta que cada uno de nosotros necesita enfrentar: cuando llegue a mi asamblea, el día inevitable en el cual surge un problema, ¿voy a huir y a esconderme de él, o voy a hacer mi parte de permanecer junto al cuerpo para ser parte de su solución? La verdadera ekklesia requiere de un arduo trabajo y de un compromiso, y nunca debemos olvidar que la presencia de Jesús por medio de Su Espíritu, de la oración constante, prefiriendo a otros antes que nosotros mismos, y el amor ferviente están presenten allí donde se ganan las batallas. 

“Prefiriéndoos los unos a los otros” (Ro. 12.20)

Una de las metas más asombrosas de la obra de Cristo es presentada en 2 Co. 5.15, “para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” Una de las lecciones interminables del discipulado es tomar nuestra cruz diariamente y seguir a Cristo, para que de manera consciente y por el poder del Espíritu, dejemos de vivir para nosotros mismos y le sirvamos. En términos de nuestra vida en el cuerpo de Cristo, una de las formas claves en que demostramos una vida sin egoísmo, es colocando las necesidades de los demás por encima de las nuestras. Piensa al respecto. Si cada creyente prefiriese las necesidades de los demás por encima de las propias, las necesidades de todos serían cubiertas. Todos nosotros estaríamos pendientes los unos de los otros. Nadie sería olvidado. Suena muy sencillo, pero todos nosotros sabemos que la vida en el cuerpo no funciona tan fluidamente porque todos nosotros luchamos por colocarnos muy por encima de los demás.

En términos de nuestra vida juntos, como creyentes, y a la luz de nuestra responsabilidad de lograr que las cosas funcionen en el cuerpo, una de las formas claras en que manifestamos que no estamos viviendo centrados en nosotros mismos, es escuchando las preocupaciones y las cargas de los demás. Santiago 1.19 dice: “todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.”

Algunos comentaristas ven en el comentario de Santiago, un correctivo a lo que estaba aconteciendo en las reuniones de los primeros cristianos. Curtis Vaughn y Earl Kelly notan que, “Puede haber una ilusión [en Santiago 1.19] de la adoración libre y no estructurada de las primeras asambleas cristianas” (Santiago: Una guía de estudio [James: A Study Guide], Zondervan, 1960, p.35). Mas allá, “es posible que contenciosos bebés cristianos estuvieran aprovechándose del estilo informal de adoración en la iglesia cristiana primitiva, con el fin de producir peleas” (Santiago: un manual para la vida cristiana [James: A Primer for Christian Living], Presbyterian & Reformed, 1974, p.69).

El punto es que en nuestros debates de unos a otros, cada uno de nosotros debe primeramente, “ser pronto para oír.” Obviamente, en toda relación de hermanos habrá algunos que querrán hablar bastante, algunos que son muy reticentes, y los que están en medio. Aquellos que tienen el don de hablar mucho deberían guardar en su corazón la amonestación de Santiago, “ser tardo para hablar.” Ellos deben preferir a los demás por encima de sí mismos, y asegurarse de no minimizar la contribución de los demás, ya sea dominando la conversación, o hablando en un toco dogmático haciendo que nadie se sienta con el deseo de contribuir con sus opiniones. Aquel que es verbalmente tímido debe ser animado por el resto del grupo a compartir sus ideas, dándose cuenta que “cada uno de nosotros” tiene el potencial para añadir un contenido edificante a la reunión (1 Co. 14.16). Como observa William Barclay con respecto a las reuniones descritas en 1 Corintios 14, “Lo realmente notable acerca de un servicio de la iglesia primitiva debe haber sido que casi todo el mundo venía sintiendo que tenía, tanto la obligación como la responsabilidad, de contribuir con algo… obviamente, esto tenía sus peligros porque queda claro que en Corinto había aquellos que eran demasiado dados a escuchar sus propias voces” (Las cartas a los corintios [The Letters to the Corinthians], Westminster Press, pp.149-150).

A la luz de la exhortación de que cada uno de nosotros debe “ser pronto para oír,” ¿cuáles son algunas actitudes vitales que debemos cultivar en nuestras relaciones en el cuerpo?

1. Debemos estar abiertos para aprender de hermanos con diversas tradiciones. Todos nosotros tendemos a permanecer en nuestra posición y miramos hacia otro lado cuando se trata de escuchar información que no está dentro de nuestra zona de comodidad. A.N. Groves escribió en 1833, con respecto a su relación con J.N. Darby, “Yo no creo que debemos proponernos el ser moldeados opuestamente a cada secta, sino que simplemente debemos proponernos el ser como Cristo; no debemos buscar ni temer un nombre. Por el contrario, prefiero tener de cada secta lo que cada secta pueda tener de Cristo” (Roy Coad, Historia del movimiento de los hermanos libres [A History of the Brethren Movement], pp.114-115).

¿Estamos dispuestos a “escuchar” las diversas fuentes y discernir en ellas lo que nos pueda ayudar a descubrir la mente de Cristo? ¿Estamos realmente abiertos a ser desafiados por los demás a buscar y ver en las Escrituras lo que de hecho, allí está? Thomas Dubay nota al respecto: “Ya que ninguno de nosotros mortales, afectados como lo estamos por el pecado original, es perfectamente puro en su deseo por la verdad, ninguno de nosotros está exento en algún grado de tener una mente cerrada. Solo nuestro Dios, quien es verdad, puede curar nuestra renuencia a agarrarnos de toda Su verdad, sea cual sea la manera en la que El la hable” (Comunicación en comunidad [Communication in Community], Buscando juntos [Searching Together], Winter, 1985, p.11).

2. “Necesitamos ser humildes,” dice Dubay, “pequeños en nuestra propia estimación. Es posible encontrar la solución a un problema matemático sin tener humildad, pero es imposible encontrar la voluntad de Dios sin esta virtud. Santiago 4.6 nos dice que Dios resiste a los soberbios, y da gracia (y luz) a los humildes” (Comunicación [Communication], p.11). Siempre que un grupo de creyentes se sumerge en la humildad dentro de una reunión, muchas cosas grandes se pueden esperar; pero, tal como lo nota Santiago 3.16, “porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” Los verdaderamente humildes ponen a los demás por encima de sí mismos y prestan atención a lo que escuchan de los demás.

3. Siempre debemos tener una “disposición a ser cambiados por lo que se va a decir (por supuesto que sin sacrificar principios genuinos). Una persona escucha completamente, únicamente si está dispuesta a modificar su posición presente habiendo evidencia que lo garantice. Las personas que están establecidas en sus propias ideas y han determinado no cambiar su comportamiento, no escuchan evidencias contrarias a las suyas” (Dubay, p.11). Si confesamos que no lo sabemos todo como deberíamos, entonces estaremos abiertos a una nueva luz que venga de parte de nuestros hermanos. Debemos escuchar posibles evidencias nuevas que han escapado a nuestra atención. Como lo notó Eller, la iglesia siempre debe estar abierta a la verdad de Dios en Cristo, hasta el final.

4. Debemos “crecer en nuestro conocimiento de que la persona que está hablando es importante, es más, preciosa, “amados de Dios” (Ro. 1.7). Les prestamos atención a las personas importantes. Para la persona que es orgullosa, los demás no son importantes y por tanto no los toma con seriedad. Aún más, valoramos las opiniones de aquellos a quienes amamos. Si no me intereso por lo que mi hermano piensa, debo entonces dudar de que amo a mi hermano” (Dubay, p.11). He visto muchos casos en asambleas donde estas personas articulan las cosas con una afilada excavadora lógica sobre la “pequeña personita,” y desdeñan cualquier preocupación que ellos pudieran tener. Puede ser que pienses que una pregunta o preocupación de otra persona, es inmadura, o inoportuna, o muy por lo debajo de tu lista de prioridades, pero si realmente amas a esa persona, debes abrir tus oídos y tu corazón a aquel compañero creyente que es precioso para Cristo. Debemos estimar altamente la contribución de cada parte del cuerpo, o corremos el riesgo de no escuchar la voz de Jesús en medio. En el cuerpo de Cristo somos instruidos a dar más honor a aquellas partes que parecen ser las más débiles y menos honorables (1 Co. 12.22-24).

Una gran parte en no vivir para nosotros mismos, sino para Cristo, se muestra en cómo nos aceptamos unos a otros en el cuerpo de Cristo. Sin hacer apología puedo decir que el grado en que un cuerpo comprometido de creyentes, por la gracia de Dios, sigue las perspectivas señaladas en este artículo, señalará si son capaces de afrontar los baches inevitables que se darán en el curso de la vida de asamblea. Si se olvidan, niegan o rechazan estas perspectivas, entonces lo más probable es que el cuerpo se auto-destruya. Funcionar juntos en la ekklesia es como tener un pájaro en la mano. Si lo agarras demasiado fuerte, lo matas. Si no lo agarras bien, se irá volando. Si los creyentes están cargados con el amor que Cristo tuvo por ellos en la cruz - “como yo os he amado” - entonces pueden de manera exitosa mantener vivo al pájaro, amándose unos a otros fervientemente.

Después de considerar lo que ha sido dicho acerca de la vida en el cuerpo, talvez estés pensando: “Solo hay una cosa que no está de acuerdo con la visión bíblica de la iglesia que hemos estado esbozando: parece no existir. La definición está bien, pero el fenómeno que describe no aparece” (John H. Poder, “Una luz para todas las naciones,” [A Light to All Nations], Concern #9, March, 1961, p.17).

El hecho de que estemos tan lejos de donde deberíamos estar es una causa válida de preocupación. Pero la verdad de que estas actitudes y perspectivas son la voluntad obvia de Cristo por el Espíritu, debe darnos gran confianza de que pueden convertirse en realidades en nuestras asambleas.

“Señor Jesús, por favor capacítanos para entregarnos a nosotros mismos a la vida de amor que Tú has revelado en tu Palabra.” 

Recursos adicionales:

. “Llegando a la verdad en comunión con los demás” [Coming to Truth in Fellowship with Others] 11 artículos, ST, Spring, 1983, 48pp. ($3.00)

. Dubay, Thomas. “Comunicación en comunidad” [Communication in Community], ST, Winter, 1985, pp.1-14. ($2.00)

. Hammett, Rosine & Loughlin Sofield. “Desarrollando una comunidad cristiana saludable” [Developing Healthy Christian Community], ST, Autumn, 1986, pp.2-16. ($2.00) 
. Zens, Jon. “'Como Yo os he amado': el punto inicial de la obediencia cristiana” ['As I Have Loved You': The Starting Point of Christian Obedience," ST, Summer, 1980, pp.4-26. ($3.00) 
. Zens, Jon. “Edificando el cuerpo: ¿un hombre o unos a otros? [Building Up the Body: One Man or One Another?], ST, Summer, 1981, pp.10-33. ($3.00) 
. Zens, Jon. Cuatro sesiones plenarias de la conferencia de la casa iglesia del sur en el 2001: “Como yo os he amado,” “Recibíos los unos a los otros / Amonestaros los unos a los otros,” “Que habléis todos una misma cosa,” “Prefiriéndoos los unos a los otros.”

4 Cassettes. ($13.00)

. Zens, Jon. “'Este es mi Hijo amado, escúchenlo': La fundación para éticas del Nuevo Pacto & Eclesiología” ["'This Is My Beloved Son, Hear Him': The Foundation for New 
Covenant Ethics & Ecclesiology]," ST, 25:1-3, 97pp. ($6.00)  

Los materiales enlistados arriba están disponibles en Searching Together, Box 377, 
Taylors Falls, MN 55084 
 

- Jon Zens

 
Revisado 03/06/03 

Traducido por Patricia Montenegro